El riesgo de apostar por lo seguro

El plan industrial del gobierno se apoya solo en las ventajas comparativas de Argentina. La estrategia oficial sólo busca fortalecer aquellos sectores y actividades que garantizan cierta “eficiencia” dados sus costos de producción. En los sectores en los que la industria local es “ineficiente” se apostaría por la importación.


Viejas recetas

Por María José Castells *

Hace pocos días el equipo económico del gobierno presentó los lineamientos generales de un nuevo Plan Productivo Nacional (PPN). Como casi todas las políticas económicas que se aplicaron desde el 11 de diciembre, el nuevo PPN se enmarca en una concepción profundamente neoliberal a partir de la cual la mejor opción para la Argentina pasa por consolidar un perfil de especialización productiva basado en las ventajas comparativas estáticas. Una estrategia que solo fortalecería a aquellos sectores y actividades que garantizan cierta “eficiencia” dados sus costos de producción y que se proveería del “resto del mundo” en aquellos productos en los que la industria local resulta “ineficiente”.

La idea de “eficiencia” tan enraizada en el pensamiento ortodoxo, e incluso en algunas expresiones de la heterodoxia, ha sido sumamente cuestionada por diversos autores. El pensador argentino Marcelo Diamand a comienzos de los setenta ya hablaba de sectores con heterogéneas productividades y apuntaba a políticas públicas que homogeneizaran dichas productividades, generando una matriz productiva diversificada. Por su parte el chileno Fernando Fajnzylber, uno de los principales estudiosos del proceso de industrialización en América Latina, señalaba en 1983 que la respuesta neoliberal de volver a la tradicional división internacional del trabajo no sólo no resuelve las carencias sociales acumuladas, sino que las intensifica.

Pero la álgida y rica discusión teórica acerca de los caminos que países dependientes y periféricos como la Argentina debería tomar para alcanzar un grado de industrialización que permita cierto desarrollo en un sentido amplio, ha sido evidentemente pasada por alto por los economistas del PRO. Tal es así que los ocho pasos que propone el PPN apuntan a las más clásicas recetas liberales de manual: baja de costos, apertura comercial, y focalización en los problemas de oferta por sobre los de la demanda.

Por un lado, y como uno de los logros de los primeros meses de gestión, el primer punto es la baja del costo de capital. Según el gobierno, a partir del acuerdo con los holdouts el costo de endeudamiento en dólares por parte del sector privado es significativamente menor que durante el gobierno anterior cuando se mantenía el litigio con los fondos buitre. Lo cierto es que, en el mejor de los casos, a ese crédito externo y barato acceden únicamente los grandes jugadores, a los pequeños y medianos empresarios les quedan las altas tasas del mercado local que no ceden ante la reducción de las Lebac por la desregulación financiera. A su vez, el PPN prevé una reforma tributaria que apuntaría en la misma línea: bajar costos y de esa manera ganar competitividad.

Por otro lado, y como la contracara de esa estrategia eficientista basada en sectores ligados a la explotación de recursos naturales, commodities y a sectores de armaduría como el automotor (ya ni siquiera el de electrónica emplazado en Tierra del Fuego, para la cual el gobierno planea reconvertirla en una provincia dedicada a la “industria” forestal, del turismo y a la pesca de salmón), se desprende una feroz liberalización del comercio exterior. Para eso, el modelo a seguir es Chile y sus acuerdos de libre comercio. De hecho, Macri ya comenzó sus acercamientos con la Alianza del Pacífico.

Como salido de los más inconducentes planes de los 90’, otro de los puntos del PPN consiste en la formación de la mano obra. La hipótesis de fondo es que los problemas de empleo en la industria responden más a la escasa calificación laboral que a la insuficiente demanda de trabajo por parte de los empresarios. El mercado interno y las condiciones de vida de los sectores asalariados quedan soslayados y en consecuencia la cuestión distributiva. Pese a que la experiencia histórica muestra que existe relación negativa entre una regresiva pauta distributiva, la generación de ahorro y la inversión en sectores productores de bienes y en el desarrollo de fuerzas productivas, aun en aquellos sectores vinculados a las ventajas comparativas estáticas. Los restantes puntos del PPN consisten en más infraestructura, innovación científica, defensa de la competencia y desburocratización de algunos procesos.

En efecto, este nuevo plan productivo no parece corregir, sino más bien profundizar, el crítico rumbo en el que se inscribe el desempeño industrial del primer semestre, en el que jugaron un papel central la caída del salario real y, por ende, del consumo interno, en un escenario internacional en el que se intensifica la lucha competitiva y con caída de los precios internacionales. Según el Estimador Mensual Industrial (EMI) que publica el INDEC la actividad presentó una caída de 6,4 por ciento en junio respecto a igual mes del año pasado y un acumulado de 3,3 por ciento en el primer semestre en comparación con el mismo período de 2015. En este contexto la “lluvia de inversiones” se convirtió más bien en un huracán, ya que la inversión se desplomó un 4,2 por ciento en el primer semestre (Ferreres). Definitivamente la Argentina necesita un plan de desarrollo industrial, pero no el de las características regresivas del nuevo Plan Productivo.

* Economista y docente UBA – Becaria Conicet.


Competitivos y productivos

Por Mariano De Miguel * y Daniel Schteingart **

Hay un sentido común que asocia la competitividad de la economía a los bajos costos laborales en términos relativos. Bajo este prisma, los salarios comparativamente bajos serían la llave que abre la puerta de la competitividad a los países subdesarrollados. Cuando se habla de competitividad industrial, este sentido común es más común todavía. Es falso. La competitividad industrial de un país depende de un conjunto amplio de variables, como los distintos componentes del costo (entre ellos, el salario, pero también la logística, la energía y otros insumos clave), o los impuestos y la productividad.

La productividad –grosso modo, el valor agregado por ocupado– es clave para entender por qué países como Alemania o Estados Unidos pueden ser competitivos con salarios manufactureros en torno a los 40 dólares la hora, los cuales son más del doble que los argentinos (actualmente en torno a los 17 dólares) y hasta veinte veces mayores que los del Sudeste Asiático (en Filipinas, por caso, son de 2 dólares).

Competitividad por baratura versus productividad es un dilema meramente teórico para la Argentina. ¿Por qué? Porque desde el punto de vista empírico, el laboratorio de la historia y nuestro presente muestran que el camino de la competitividad por salarios baratos es impracticable y utópico además de inconducente desde el punto de vista económico, político y social. Los recurrentes fracasos en este sentido, a partir de la búsqueda de salidas fáciles a través de devaluaciones bruscas, contractivas y regresivas, deberían alertarnos sobre la necesidad de operar sobre los demás determinantes de la competitividad. Favorecer a la industria a partir de diversos instrumentos (como energía barata, subsidios, exenciones impositivas, etcétera) puede ser una alternativa válida, pero siempre y cuando genere aumentos de productividad.

¿Cómo se generan entonces aumentos de productividad, que permitan que la industria sea competitiva aun con salarios altos? Esencialmente, con dos elementos, dado un acuerdo distributivo: demanda y competencia regulada. Una demanda creciente, bajo determinadas condiciones de competencia, incentiva a las empresas a ampliar su capacidad instalada, con un uso creciente de tecnologías sofisticadas, que permiten hacer economías de escala y por ende bajar los costos unitarios para, con ello, incrementar la productividad.

Una demanda que induzca a la productividad puede ser tanto externa (exportaciones) como interna (gasto público, consumo privado e inversión), que fungen como palancas complementarias y no excluyentes, al margen de la preminencia de la demanda interna.

¿Qué las motoriza? En el caso de la demanda interna, fundamentalmente el aumento de los ingresos reales de la población, el crédito y la planificación estratégica del gasto público. La demanda externa, por su lado, depende esencialmente de modo directo del crecimiento de los socios comerciales, e indirectamente, de la economía mundial en su conjunto. Es por eso que la baja de los costos domésticos, en términos relativos a los internacionales, por medio de devaluaciones reales, por ejemplo, resulta ser más débil de lo que comúnmente se cree como palanca de la demanda externa (sumado al hecho de que acarrea consecuencias distributivas regresivas).

Argentina 2016 es un buen ejemplo. El país depreció su tipo de cambio real, pero las exportaciones industriales vienen cayendo 16 por ciento en lo que va del año, según INDEC, debido a que nuestro principal demandante (Brasil) está en crisis y el comercio mundial estancado con sesgo recesivo. Por el contrario, durante la industrialización por sustitución de importaciones, la competitividad industrial argentina se incrementó significativamente, en un contexto donde los salarios eran relativamente elevados para los estándares internacionales. Prueba de ello fue que, partiendo de una base muy baja, entre 1964 y 1974, las exportaciones industriales crecieron cuatro veces más rápido que las importaciones industriales, en un contexto de fuerte crecimiento económico y de la productividad industrial, la cual además se dio sin expulsión de empleo (a diferencia de lo ocurrido en los ‘90).

¿Qué ocurrió entonces en aquel momento? No faltó prácticamente ninguna de las palancas que mencionamos. El mercado interno -con un salario fuerte – se convirtió en una de las grandes fuentes de aumentos de la productividad. Se implementaron políticas industriales y tecnológicas de fomento al sector, incluyendo subsidios para la exportación, compras públicas o financiamiento blando, entre otras. Si bien el contexto internacional es hoy muy distinto, la experiencia argentina de aquellos años -a pesar de sus contratiempos y sus defectos- merece ser releída, en tanto muestra que competitividad, productividad y salarios altos pueden ir de la mano.

* Director del Instituto Estadístico de los Trabajadores; Presidente de SidBaires

** Mg. en Sociología Económica (Idaes-Unsam), profesor en UNQ, miembro de SidBaires.

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