Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Argentina: El problema cambiario. Por Horacio Rovelli*

En la Argentina se toma generalmente nuestro dinero como moneda de cambio y el dólar como moneda de ahorro.  En este marco, se debe tener en cuenta que una devaluación -dar más pesos por dólar- genera una transferencia de recursos de los que perciben ingresos fijos en moneda local a favor de los que poseen u obtienen divisas -el BCRA estima en 211.000 millones de dólares los activos de residentes de nuestro país en el exterior, aunque la suma alcanza los 399.100 millones de dólares según estimaciones de Tax Justice Networ, además de los que se suscitan por la sobrefacturación de importaciones, las ventas externas, o por cualquier otro medio-.

En nuestro país existe una relación inversamente proporcional entre el valor del tipo de cambio y el poder adquisitivo del salario. Esto es básicamente así, porque al encarecerse las importaciones y las exportaciones medidas en pesos, todo aquello que tenga algún componente extranjero total o parcial -pensemos en celulares, autos, equipos de aire acondicionado, etc.- sale mucho más caro e igual pasa del lado de las exportaciones, ya que exportamos principalmente alimentos. Es cierto que se consume en términos relativos poca soja, pero el cultivo de soja sustituyó a otros cultivos y a la cría de animales, de manera tal que de 32 millones de hectáreas cultivables que tenemos en la Argentina, más de 20 millones se dedica a la soja, lo que hace que sea más cara la papa, el algodón, la carne, la leche, etc., que acrecientan sus precios en moneda local al darse más pesos por dólar en las ventas externas, a la par que los empresarios igualan precios internos y externos.

Sumado a ello, las grandes corporaciones empresarias que operan en el país tienen sus principales mercados afuera y nuestros trabajadores son vistos más como un costo que como una potencial demanda.  Pero no es así para el grueso de la población que vive y trabaja para el mercado interno. En grandes proporciones, más de las tres cuarta parte de lo que producimos se destina al mercado interno, que comprende la mayor parte de la población  -la amplia mayoría de los trabajadores, de los pequeños y medianos emprendimientos productivos y comerciales, de  jubilados y pensionados, etc.-, Todo ello explica porque, si bien el tipo de cambio tiene como función relacionar todos los precios de nuestro país con el mundo  -de los bienes y servicios, de los salarios, de la energía, de las tarifas, etc.-, esa función debe subordinarse a los niveles de bienestar de la población.

De otro modo, si se fija el valor del dólar por la productividad, lo que se va a conseguir es una economía dual, donde se integran al resto del mundo solo las economías en las que somos competitivos -soja, acero, caramelos y no mucho más-, pero el resto de las producciones y comercios conformarán lo que Menem llamaba las economías inviables.  En síntesis,  no vamos a ser más competitivos por una fuerte devaluación que reduzca nuestros salarios en dólares -China y Corea del Sur ya existen y no podemos competir con ellos por ese camino-. Repetimos, somos la mayoría de la población y del país geográfico los que quedamos afuera con una política de tipo de cambio alto.

Por lo tanto, definir un tipo de cambio creíble y confiable no debe ser solo para los que poseen dólares o para aquéllos que los consiguen, sino fundamentalmente para toda la nación Argentina. Debe ser a un valor que resguarde nuestra producción de la competencia desleal -máxime cuando desde el 1 de enero de 2016 se eliminan las Declaraciones Juradas Anticipadas de Importaciones (DJAI)-, que permita colocar nuestra producción en el extranjero, lo que también debe ir acompañado por medidas promocionales, arancelarias y paraarancelarias, pero que principalmente preserve el valor adquisitivo del salario, asegurando un pujante y sostenido mercado interno, que es la base y punto de partida de las inversiones que vienen al país, que les asegura sostenidas y crecientes ventas y ganancias, y no que estas se realicen por colocar a precio vil -totalmente depreciado- nuestro trabajo y nuestros activos del campo y de la ciudad.

No se necesita una importante corrección cambiaria. Tanto el nivel de solvencia, endeudamiento y de relaciones comerciales y financieras no indican que sea necesario una fuerte devaluación. Es más, esta sería contraproducente, porque atentaría contra el poder adquisitivo del grueso de nuestra población, cercenando nuestro presente y nuestro futuro.

Sí se requiere de un plan económico que haga centro en la defensa del trabajo y la producción nacional y que todos, nacionales y extranjeros, sepan que este es el camino, que no es otro que el de continuar lo que se hizo, priorizar la sustitución de importaciones, afianzar más los acuerdos regionales y los acuerdos con China y Rusia, con quienes tenemos economías complementarias.

El Plan económico debe compensar en la misma magnitud de la devaluación que realice y/o, de posibles ajustes de tarifas, a los sectores más  vulnerables. Tipo de cambio firme y sostenido, que desactive el negocio de los que especulan con una fuerte devaluación apenas asuma el nuevo gobierno, con lo que le pagarían más a los exportadores de soja y derivados  -por el stock que tienen retenidos en silo bolsas, además de que en marzo comienza la cosecha, y a los que compraron títulos y valores ajustados por dólar y  “dollar linked”, que se ajusta por el valor del dólar oficial-.  Solamente en el mercado cerealero de Rosario (ROFEX) existen contratos  a futuro, de por no menos de 8.500 millones de dólares y, en el Mercado Abierto Electrónico (MAE), estos contratos ascienden a por lo menos otros 4.500 millones de dólares -que se infiere que el vendedor principal fue el BCRA y que lo hizo para referenciar el valor de la divisa norteamericana-. La mayoría de dichos contratos a futuro vencen en marzo de 2016, a una cotización en torno a los 10,70 pesos  por dólar, por lo que si la devaluación es mayor al 12%  -que es el acrecentamiento contra un dólar oficial de $ 9,60-, a esa fecha, generará una pérdida -que mayor es cuando mayor sea la devaluación- al Estado Nacional para beneficios de los “conocidos” de siempre que viven del trabajo ajeno.

Detrás de la discusión de cuál debe ser el valor del dólar, está el verdadero dilema: si somos un país para pocos con amplios beneficios para los que poseen u obtienen divisas o, en cambio, si somos un país que crece sostenidamente en base a su trabajo y a su producción, en la que el tipo de cambio es una herramienta más que se subordina al plan general de sustituir importaciones, y a apuntalar acuerdos internacionales en que seamos socios y no subordinados a los actores con los que comerciamos o acordamos inversiones.

Una patria para todos exige trabajo digno para todos y eso no se consigue abaratando nuestra mano de obra y nuestras riquezas.  Al contrario, si se cae en el segundo camino es “pan para pocos y por poco tiempo”. Pero si se afianza el modelo de ver cómo lo producimos y a quienes y cómo lo vendemos, tendremos crecimiento y bienestar “para nosotros, para nuestra posteridad y para todos los hombres del mundo que quieran habitar en suelo argentino”.

*Economista de la UBA