Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Las elecciones presidenciales en Argentina marcan el inicio de un nuevo ciclo político en el país. Este viene acompañado, entre otras cosas, de una cuota importante de incertidumbre respecto a lo que sucederá en materia económica. Tras doce años ininterrumpidos de crecimiento y mejoramiento general de todos los índices socioeconómicos, aunque también existen problemas sin resolver, son muchos los desafíos que se abren de cara a los próximos años, en medio de un contexto internacional menos favorable que el años anteriores. NODAL Economía convocó a tres destacados economistas de distintos ámbitos como la universidad, la industria y la economía popular para que den sus miradas al respecto.

Producción de Agustín Lewit y Paola Bianco

El largo y ancho camino de la sustitución de importaciones

Por Horacio Rovelli*

El proceso de degradación de la economía mundial provocado por una crisis estructural de sobreproducción tiene su centro en EEUU y en la reconversión de su economía para incrementar la productividad del trabajo. A ello se suma el modelo productivo y comercial de China y los países asiáticos, que inundan de mercancías el mercado mundial, mientras se reduce la demanda global por la aplicación de políticas de austeridad. La guerra comercial y cambiaria es inevitable, y todo en conjunto coloca a América latina en situación de vulnerabilidad.

En ese marco, debemos plantearnos crecer para adentro y seguir el apotegma “comprar a quienes nos compran”, potenciando la ventaja natural de nuestros recursos y diversificar la matriz industrial, proceso que obliga a un nuevo punto de partida que potencie las actividades manufactureras, donde existen capacidades acumuladas significativas y trayectorias de aprendizaje considerables.  

Plantear una política industrial donde la sustitución de importaciones y la recuperación de la gestión estatal en sectores estratégicos deben ocupar un lugar relevante, ejes esenciales para consolidar el crecimiento, la generación de empleo y la mejora en la distribución del ingreso.

En primer lugar dada nuestra estructura productiva desigual, al contar con la tierra más fértil del mundo, y ante el hecho que los países asiáticos necesitan alimentar a su población y a sus animales (con los que ellos se alimentan), constituyen uno de los pocos “nichos” dinámicos de compra de la economía mundial,  por lo que es indispensable que el sector primario argentino, al que también hay que industrializar agregándole valor, obtenga los dólares suficientes para financiar la actividad industrial  y productiva en el más amplio sentido.

Por tanto, hay que apuntalar la producción nacional de bienes y servicios que generan trabajo nacional. Para ello se debe partir de la importante capacidad con la que contamos, gracias al modelo kirchnerista que dio fin al proceso de valorización financiera impuesto por la dictadura, para generar renta en la producción, lo que permitió duplicar el PIB: Se produce y se consume el doble de automóviles, de línea blanca (heladeras, cocinas, calefones, etc.), de equipos de aire acondicionado, de cemento, de hierro, de aluminio, de celulares, de arroz, de fideo, de azúcar, de yerba, de vino; y demostrando que existe la necesidad de  producir más,  se consume más carne vacuna y la producción no aumentó en la misma magnitud, razón por la cual hubo que disminuir las exportaciones.

El problema reside en la sustitución inversa: en lugar de producir en el país, se importa, y esto no está dado por la diferencia de calidad y/o de precios, sino porque es una decisión de la empresa de comprar los insumos afuera.

La industria electrónica de Tierra de Fuego, con fuerte apoyo estatal, sólo tiene un 50% de sus componentes nacionales. Peor es en la industria automotriz, donde los componentes nacionales no alcanzan el 30%, cuando la calidad y precisión de los autopartistas argentinos no tienen nada que envidiarle a las mejores compañías del mundo.

Un ejemplo claro es YPF. Con su privatización, su controlante -Repsol SA- prefirió importar todo, con lo cual fugaba renta al exterior y la extracción disminuye año tras año.Hoy YPF ha recobrado su rol inversor y se vuelve a proveer de empresas nacionales

La fuerte extranjerización y concentración económica es más un freno a la industrialización que su apuntalamiento, y esto es así porque es verdad que existen las “cadenas globales de valor”, con la que grandes empresas trasnacionales fragmentan los sistemas productivos en todo el mundo, pero no es menos cierto que lo hacen para maximizar las ganancias de los centros de decisión en desmedro de  nuestras naciones y de nuestros pueblos, que se refleja en el fuerte descenso de la elasticidad precio de las exportaciones de los productos generados en serie.

No es subordinados a la estrategia de las grandes corporaciones que vamos a crecer e integrar nos. Al contrario, lo único seguro es que para ser un mero eslabón de esa cadena de valor global, nos desintegramos hacia dentro como ha pasado siempre.

En la economía argentina existe una relación inversamente proporcional entre el valor agregado generado localmente y el nivel de complejidad tecnológica: se da una relación negativa entre los encadenamientos productivos que genera la fabricación de un bien “hacia atrás” y el contenido tecnológico incorporado en el producto. Como sucede en el régimen fueguino y en el automotor, las ramas que producen (ensamblan) los bienes tecnológicamente más complejos suelen ser las menos integradas localmente (El 30 por ciento de las importaciones industriales es realizado por esos dos sectores). Por el contrario, es en la producción de bienes de bajo contenido tecnológico donde se suelen verificar mayores encadenamientos productivos.

Por lo tanto no basta con adoptar un enfoque que busque sustituir y/o exportar bienes con alto contenido tecnológico a cualquier costo, porque el resultado va a ser  que se fomente la producción local de bienes finales cuyo impacto en términos de valor agregado y empleo es mucho menor que el de aquellos con un menor contenido tecnológico (y además perjudica nuestras cuentas externas). Esto no supone limitar la política industrial a profundizar las ventajas comparativas estáticas del país, sino que es central que la producción de bienes finales de mayor contenido tecnológico vaya acompañada de políticas que apunten, en una segunda etapa, a producir localmente los componentes más importantes de los mismos y, en una tercera fase, a producir algunas de las maquinarias usadas para la fabricación de dichos productos.

Disminuir la elasticidad-producto de las importaciones supone sustituir importaciones en sectores estratégicos para así “construir encadenamientos productivos más complejos y desarrollar redes de proveedores nacionales más densas” como sostiene Martín Schorr. Aumentar la elasticidad producto de las exportaciones implica cambiar su composición hacia bienes con mayor valor agregado y de mayor demanda en los patrones de consumo mundiales. Ambos procesos demandan conocimiento de las capacidades tecnológicas lo que, a su vez, tiene un fuerte impacto en la demanda en el mercado de trabajo y otra de las necesidades del desarrollo.

La necesidad de una reindustrialización genuina, desafío que involucra una multiplicidad de desafíos en el marco de políticas selectivas para los sectores industriales que se decida promover debe ser liderado y conducido por el Estado.

Por lo tanto se necesita:

1º) Un plan estratégico general, al que se le debe subordinar el plan industrial.

2º) Coordinar las políticas públicas y fijar metas físicas de cumplimiento: el Estado mediante desgravaciones impositivas, protección aduanera, créditos blandos, regímenes promocionales, etc. da determinado apoyo pero a cambio de acordar metas de producción, creación de puestos de trabajo, innovación tecnológica, etc.  Para el caso de inversiones extranjeras, cuanto ingresa y de qué modo, y cuando y cuanto se remite en utilidades al exterior.

3º) Identificar e invertir en tecnologías emergentes que tengan potencial para generar empleo de alta calidad y fortalecer la competitividad global de la industria Argentina y el impulso y la concatenación con las economías regionales (el interior existe y debe tener industrias que generen valor y trabajo). En ese sentido, sirve el ejemplo de la Red Nacional para la Innovación Industrial de los EEUU, que consiste en la creación de núcleos regionales que sean catalizadores para el desarrollo y la adopción de tecnología de punta con el fin de producir manufacturas que puedan competir a nivel global.  Nosotros podríamos hacerlo asesorados por el Ministerio de Ciencia y Tecnología y el INTI

4º) Régimen de compras públicas. Por ejemplo, si empresas como YPF logran ir desarrollando una red de proveedores de base nacional, en el mediano plazo estaremos teniendo un tejido productivo más denso.

5º) Creación de un Banco de Desarrollo para financiar a las Pymes y a largo plazo, que se financie con retenciones y recuperos de créditos y otros fondos que destine el Congreso de la Nación, quien deberá contar con informes de a quienes se les presta, bajo qué condiciones y cuáles son las pautas de comportamiento esperadas.

*Economista UBA

 

Hacia una nueva estrategia productiva

Por Diego Coatz**

A pocos meses del cambio de Gobierno, la economía argentina transita un camino de relativa estabilidad, fundamentalmente si se tienen en cuenta los pronósticos que emergían a partir de la compleja dinámica que había adquirido entre 2013 y principios de 2014. Esto reviste dos activos valiosos respecto a procesos anteriores: el país no vivirá ninguna situación de crisis política y, al haberse contenido las tensiones “explosivas” que se avizoraban en diversos planos, tampoco económica. Sin embargo, en sus fundamentos, el esquema macro y la economía en general aún conservan profundos desafíos que deberán atenderse de manera integral en el futuro más próximo. Esto requiere revisar instrumentos de política, reordenar variables y retomar una agenda de transformación estructural. El próximo gobierno no podrá recuperar un crecimiento robusto con generación de empleos de calidad simplemente acudiendo al status quo y, mucho menos, con las recetas tradicionales de ajuste u otras visiones del pensamiento mágico.

La agenda del desarrollo es más compleja, requerirá definiciones estratégicas y esfuerzos de envergadura, entre ellos, instrumentar una estrategia integral orientada al sector productivo, de un modo competitivo e insertado internacionalmente pero de forma inteligente y activa, no pasiva como en el pasado. Esto implica avanzar contundentemente sobre las brechas de productividad y, también en las vinculadas a los factores que determinan las relaciones de precio-calidad. Cualquier proyecto que no incorpore un plan en este sentido podrá mostrar algunos resultados positivos por un tiempo, pero nunca nos conducirá al desarrollo. La industria argentina, que recién en 2011 había recuperado el nivel de producción per cápita del año 1974 a partir de incrementos formidables en el nivel producción, productividad, inversión, salario real y empleo entre el año 2002-2011, ingresó a un terreno de menor desempeño en los últimos años. Desde entonces, los resultados fueron discretos. Aún cuando se observa cierta estabilización en los últimos meses, la actividad describe actualmente una trayectoria de estancamiento. En estos últimos años, el producto industrial se retrajo en algo más de 5% medido per cápita.

Producto de la aparición de la restricción externa (escasez de divisas), existen mayores dificultades para expandir la demanda interna a partir de mejoras sustanciales en el poder adquisitivo de los salarios y/o la ampliación de las escalas de consumo que derivan de mayores niveles de empleo, inclusión social de sectores marginados, extensión de coberturas previsionales, etc. Por su parte, el menor desempeño de Brasil y la región, especialmente en países que son destino mayoritario de nuestras exportaciones industriales impacta negativamente sobre la demanda externa y, en algunos casos, se agrava por problemas asociados a la competitividad-precio de nuestra producción. Este escenario se agudiza con la caída en el precio internacional de varios commodities que exportamos, especialmente los del complejo oleaginoso, pero también de productos vinculados a las economías regionales.

En un libro que hemos lanzado recientemente junto a Fernando Grasso y Bernardo Kosacoff (“La Argentina Estructural”) se abordan estas cuestiones con el objetivo de aportar al debate sobre el desarrollo económico y social. Lo que ocurra a partir del año próximo dependerá en gran medida de la capacidad de generación de divisas de un modo genuino, compatible con el sendero de expansión de nuestras capacidades productivas y sin acudir al endeudamiento externo cómo único instrumento.

El desarrollo es una experiencia nacional, única e irrepetible. Cada país debe seguir su propio camino según su derrotero histórico y sus posibilidades. Un país como la Argentina debería buscar su especificidad productiva y socioeconómica entre las experiencias de Corea del Sur, algunos países europeos y las transitadas por países abundantes en recursos naturales como Australia, Noruega o Nueva Zelanda (que lo son más que la Argentina en términos relativos). La articulación profunda de los sectores intensivos en recursos naturales y los de mayor valor agregado, intensivos en mano de obra y tecnología, constituye un camino posible. Construir capacidades tecnológicas en sectores industriales, pero también en aquellos que no lo son tradicionalmente (biotecnología, servicios como el software y desarrollos vinculados a la electrónica) nos ayudaría a apuntalar el crecimiento de largo plazo.

Pensar una estrategia de este tipo requiere de fuertes consensos internos para dar la discusión en el plano internacional, donde nadie regala espacios para el desarrollo. El rol de las compras públicas, una política comercial activa, inteligente y sofisticada de largo plazo, la creación de una banca de desarrollo  y el diseño e implementación de un programa coordinado que articule políticas de infraestructura, industrial, tecnológica y comercial deben ser un punto de partida de esta nueva etapa. Argentina sigue teniendo un conjunto de fortalezas que la ponen un paso adelante en la región: tecnología de punta en diversas ramas industriales, capacidad empresaria y mano de obra calificada, instituciones y empresas públicas capaces de potenciar la actividad y la inversión productiva (YPF, Invap, Arsat, CONEA, CNEA, entre otras) y recursos naturales estratégicos que constituyen pilares sobre los cuales trazar un horizonte con más desarrollo.

**Economista Jefe – CEU- UIA. Vicepresidente SID. baires@diegocoatz

 

Desafíos presentes y permanentes

Por Enrique M. Martínez***

La Argentina está logrando un hecho político sin antecedentes en casi un siglo: una transición política en un clima general de serenidad, más allá de los chisporroteos propios de toda campaña electoral. Esa sensación dominante se vincula, por supuesto, con la situación general de la economía y el ejercicio de la memoria colectiva sobre escenarios electorales previos, al menos desde 1983. La hiperinflación con que asumió Carlos Menem, la mecha encendida de la convertibilidad que generó en 1999 un endeudamiento impagable, la cesación de pagos en 2002, son hechos que no encuentran parangón, ni siquiera lejano, con los desequilibrios que pueden imputarse a la actual situación macroeconómica.

Paradojalmente, este escenario casi inédito ha llevado a concentrar el dramatismo del debate en aspectos de gestión, que hacen aparecer la estructura productiva y social como cercana a la adecuada y posible, con flancos débiles corregibles por algunos golpes de timón, ni siquiera bruscos. Acelerar la variación de la paridad cambiaria, corregir sistemas de subsidios, ir hacia una relación más fluida con el sistema financiero mundial, ajustar los instrumentos del Estado de bienestar, parecen ser los elementos que al arco político le permitirían navegar en un país con inversiones y divisas suficientes como para contar con un ritmo de crecimiento acorde con las expectativas de mejora de calidad de vida.

Esa relación es posible, salvo por el último párrafo antedicho. En efecto, crecer – ni aquí ni en ningún otro país del mundo – es garantía de mejora de la calidad de vida general. La dificultad es mayor si nos ubicamos en un país con hegemonía del capital multinacional en casi todo el arco productivo y comercial, con una productividad industrial media que es el 30% de la del mundo central -parámetro vinculado directamente al hecho anterior-, con casi un 40% de la población trabajadora fuera de la cobertura que brinda la legislación respectiva.

Este país, nuestra Argentina, tiene y tendrá dificultades para mejorar su salario real a causa de la dependencia de corporaciones que comparan la relación salario/productividad para decidir sus inversiones. Tiene y tendrá dificultades para mejorar su productividad a consecuencia de que esas corporaciones piensan y dan forma a sus innovaciones en otras playas, trasladando a esta región solo los eslabones que pueden implementarse con los salarios más bajos, perpetuando de ese modo el círculo. Tiene y tendrá dificultades para democratizar su economía con la incorporación de centenares de miles de agricultores familiares ofreciendo alimentos a sus compatriotas en un sistema de comercio minorista cada vez más concentrado, con la incorporación de decenas de miles de productores de indumentaria que están ocultos detrás de las grandes marcas, que bloquean la relación con los consumidores. Esos obstáculos estructurales fuertes no solo dañan a los involucrados directos. En un entramado elemental de relaciones, causa y efecto impiden no solo el crecimiento, sino aún más grave, el necesario avance de la justicia social.

Necesitamos formas superadoras del capitalismo globalizado en que vivimos, donde nos toca un papel lateral y periférico, mal que nos pese. Esas nuevas formas de producción y distribución deben desarrollarse en paralelo con ese sistema que toda la dirigencia política cree que puede gestionar sin mayores sobresaltos, para dejarlo en un segundo plano en términos de una generación. Se trata de promover la producción y el abastecimiento local de alimentos e indumentaria, los planes de vivienda social autogestionados -eliminando a los especuladores en tierra urbana de la cadena de valor-, la generación de energía distribuida que permita la disponibilidad de sol y viento en reemplazo progresivo de las centrales concentradas, el manejo popular de todos los temas ambientales -desde la recolección y reciclado de residuos hasta la prevención de inundaciones- y el traslado de la responsabilidad y los recursos de mantenimiento de infraestructura escolar o de salud a las comunidades involucradas. La lista es larga, impresionante, interminable.  Básicamente, la llave consiste en poner en el centro de la escena a organizaciones que busquen resolver problemas de la comunidad, antes que acumular lucro a expensas del bienestar ajeno.

Esa es la economía popular, ignorada, pendiente e imprescindible. Por muchos años, un Estado con sensibilidad social, siempre a la defensiva, aunque se presente de otro modo, deberá regular el capitalismo globalizado. Su herramienta para mejorar la relación de fuerzas y, alguna vez pasar a ganar, es salir por arriba del lucro, usando el mercado pero evitando que el mercado nos use a nosotros.

***Instituto para la Producción Popular