Ya sea por la caída del precio del petróleo o la apreciación del dólar, existen diversos factores que anuncian momentos de crisis para la economía ecuatoriana. Recientemente el presidente Rafael Correa advirtió de la cautela que hay que tener en cuenta respecto a los equilibros macroeconómicos del país. Hoy, se pone en juego cómo afrontar esta situación y que medidas llevar adelante, entre el ajuste y la inversión.

Las crisis económicas – Juan J. Paz y Miño Cepeda*

Las crisis económicas forman parte de la historia del Ecuador en distintos momentos. La primera en importancia fue el derrumbe de la economía obrajero-textil, que empezó a mediados del siglo XVIII. Se debió a una serie de factores externos e internos: la liberación del comercio intracolonial a raíz de las reformas borbónicas, la competencia del contrabando de textiles ingleses y franceses, los terremotos y las erupciones.

A raíz de la independencia, ante la decadencia textil y agrícola, la Sierra centro-norte experimentó una larga crisis que prácticamente duró todo el siglo XIX, mientras la Costa mantuvo un continuo auge de las exportaciones de cacao, producto cuyo espectacular ´boom´ favoreció a la Revolución Liberal (1895) y sostuvo la economía nacional hasta que entró en crisis en 1920, a consecuencia de la competencia del cacao de otras regiones del mundo, pero sobre todo a causa de dos plagas que arrasaron con los cultivos: la monilla y la escoba de bruja.

La crisis cacaotera duró tres décadas y fue acompañada por una crisis gubernamental sin precedentes por la sucesión de una veintena de gobernantes; hasta que el banano se convirtió, desde los años cincuenta, en el nuevo eje de la acumulación, hasta su primera crisis a mediados de los sesenta, que igualmente alimentó la crisis política. Pero en los setenta Ecuador tuvo con el petróleo un espectacular auge que modernizó capitalistamente al país, como no había ocurrido en épocas anteriores y, además, bajo dictaduras militares.

Las crisis textilera y cacaotera pueden considerarse ‘precapitalistas’. La del banano se produjo en plena década ‘desarrollista’; y la del petróleo, leve aún en 1975 y abierta desde 1981/82, tuvo que ver con los vaivenes mundiales de los precios y mercados de ese producto, es decir, estuvo incrustada en la vorágine del capitalismo internacional.

Pero en 1982 también arrancó otra crisis: la de la deuda externa, que ha sido la más grave en la historia económica ecuatoriana. Acompañando a su tratamiento, los sucesivos gobiernos apuntalaron un modelo económico empresarial. Además el país estuvo condicionado por los ciclos económicos mundiales.

Diversos factores anuncian momentos críticos para la economía ecuatoriana en los próximos meses. Desde una perspectiva académica debiera entenderse que los ciclos de auge y crisis son recurrentes en las economías latinoamericanas al compás de los ciclos mundiales del propio capitalismo.

El problema radica en cómo afrontar el momento de crisis del ciclo económico. Las derechas claman por los “ajustes” al estilo del pasado: retiro del Estado, reducción del gasto, fomento privado. Ya tuvimos experiencia con esas fórmulas que, desde los años ochenta, agravaron las condiciones de vida y trabajo en el país. Por tanto, el desafío ante la “crisis” exige otro enfoque, que privilegie los logros sociales, no disminuya las inversiones de beneficio social, profundice la redistribución de la riqueza, potencie el sector de economía social y solidaria, y procure la afectación a las capas más ricas de la población.

*Juan J. Paz y Miño Cepeda, historiador ecuatoriano, es coordinador del Taller de Historia Económica. juan.mino@telegrafo.com.ec

El Telégrafo

¿Una desaceleración? – Manuel Terán*

En varios artículos de opinión y de prensa se usa la palabra que sirve de título a este artículo, para referirse a la situación por la que está atravesando el país. Si las circunstancias se hubiesen dado en la forma que preveía el Gobierno, cuando a principios de año hablaba de un porcentaje de crecimiento económico que después tuvo que ser revisado a la baja, quizás el término habría sido apropiado.

Pero tal como los hechos se han sucedido, la situación en realidad en nada se parece a una en la que solo se encuentra en juego una pérdida del ritmo del crecimiento, sino algo mucho más complicado que eso. Urge aceptar las razones de fondo del problema, para que las medidas que deban adoptarse eviten que el deterioro se agudice en el futuro. Las mediciones realizadas en lo que va del año despiertan las alertas. Ni hablar del precio del barril de crudo. Todo esto ha tenido una incidencia trascendental, cuyas repercusiones empiezan a sentirse. Tanto es así que las variables a duras penas se están ajustando a estimaciones realizadas a principios de año, pero lo que pone en duda es si en adelante podrá llegarse a los objetivos planteados.

La recaudación tributaria es un ejemplo de ello. Al parecer, sin la amnistía, que es un hecho excepcional y único, cuya recaudación según los entes oficiales ayudó que ingresen a las arcas fiscales 972 millones de dólares, las metas del organismo recaudador no se hubieran alcanzado. Una nota aparecida en este Diario da cuenta que “en agosto, los ingresos por concepto de IVA e impuesto a la renta (…), cayeron 5 y 11% respectivamente, frente al mismo mes del 2014”. ¿Cuál es el escenario que manejará el oficialismo para el 2016? Midiendo lo sucedido a lo largo del 2015 ¿podrán sus estimaciones estar cargadas de optimismo?

Todo esto conduce a pensar, ya algunos analistas se han anticipado a decirlo, que en el 2016 las dificultades económicas serán aún mayores que las presentadas en el año en curso. Con un ingrediente adicional, será un año político de cara a las elecciones del 2017. Es de los escenarios más inconvenientes que ha vivido el país en la última década, en el cual el oficialismo se acostumbró a manejar grandes cantidades de recursos provenientes de una coyuntura externa excepcional que llegó a su fin.

El momento demanda sensatez, dejar de lado intereses personales o de grupo y enfocarse a la búsqueda de soluciones viables que permitan capear la crisis. Nos encontramos frente a un reto mayúsculo que, de no sortearse de la manera apropiada, puede llevarnos a reeditar situaciones indeseables como las que experimentamos a finales del siglo anterior cuando, acciones equivocadas de parte de las autoridades de ese entonces, nos hicieron desembocar a una contracción económica de las más fuertes que registra la historia del país, que afectó mayormente a las personas de menos recursos.

Tardar en poner los correctivos necesarios puede significar perder un tiempo precioso para detener la inercia de un deterioro cada vez más evidente.

*Periodista del diario El Comercio. mteran@elcomercio.org

Diario El Comercio