Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

La tarea pesa mucho

Por Pedro Pablo Fernández*

El año que viene va a ser el más difícil que viviremos los venezolanos de este tiempo. La tragedia para el país es que el cartel de la Opep ya no tiene el poder que tenía antes.
El presidente Maduro acaba de regresar de una gira internacional donde busca fortalecer la cooperación de los países miembros de la Opep y de otros productores importantes para subir los precios del petróleo.  Nunca antes le había deseado mayor éxito al Presidente que en este momento. El problema es que nunca antes había sido tan difícil la tarea.
Todos los países exportadores de petróleo  sufren con la caída de los precios que se produce por el exceso de oferta de 2 Mb/d. El ministro de Petróleo y Minería, Eulogio Del Pino, al asistir a la comisión de Finanzas y Desarrollo Económico de la Asamblea Nacional expresó que Pdvsa le aportará al fisco nacional este año la mitad de lo que integró el año pasado.
El problema es que para algunos países mantener sus cuotas de mercado es más importante que recuperar los precios.
Arabia Saudita es el padrote de la Opep y para ellos la prioridad es detener el desarrollo del petróleo de esquistos de Estados Unidos y no perder mercado frente a su enemigo histórico, Irán, que se incorpora en el mercado petrolero a partir del levantamiento de las sanciones.
La única forma de detener el crecimiento en la producción petrolera de Estados Unidos, responsable principal de la caída de los precios, es mantener los precios por debajo del costo de producción de esquistos y hasta ahora la caída no ha sido suficiente para sacar del mercado a esos productores. Por el contrario, estos han demostrado una sorpresiva capacidad de resistencia y de adaptación.
Pero los saudíes tienen una razón todavía más importante para no recortar su producción y es que cualquier recorte que ellos hagan será inmediatamente suplido por Irán.
Arabia Saudita no va a recortar su producción. Por el contrario va a mantener el chorro abierto para conservar sus espacios del mercado y para forzar una reducción de la oferta a partir de la inviabilidad económica de la producción del petróleo de esquistos en Estados Unidos.
Frente a este cuadro, el otro gran actor, Rusia, ha optado, como tiene que hacerlo, por defender sus espacios de mercado y mantener sus volúmenes de exportación.
La tragedia para Venezuela es que el cartel de la Opep ya no tiene el poder que tenía antes. En este momento, un recorte de su producción lo único que hace es facilitar un aumento en la producción de los productores no Opep.
Todo este cuadro ha provocado que los precios sigan declinando y eso pone a la economía venezolana en una situación de iliquidez muy seria. La Agencia  Internacional de Energía dice que una reducción progresiva y constante del suministro excedente pudiera conducir a precios alrededor de $80/b para el 2020. La situación puede mejorar en el mediano y en el largo plazo, pero, como dijo el economista John Maynard Keynes: “En el largo plazo todos estaremos muertos”.
Nuestro problema es el corto plazo. Y cuando digo corto plazo me refiero a hoy. Goldman Sachs habla de la posibilidad de un barril de petróleo en $20 durante algunos meses. En ese escenario ¿qué hacemos los venezolanos hoy?, ¿Qué hacemos en enero, febrero y marzo del 2016?, ¿Cómo superamos el déficit de divisas para que la industria no cierre y la gente pierda su trabajo?, ¿Cómo hacemos para importar la comida y las medicinas que necesitamos?, ¿Cómo hacemos para cumplir con los compromisos de pago de las deudas que hemos contraído?
Ya este año está culminando y el proceso electoral para renovar la Asamblea Nacional no permite que se establezca un debate constructivo sobre este tema, pero el año que viene va a ser el más difícil que viviremos  los venezolanos de este tiempo.
Superar esta crisis va a requerir del esfuerzo de todos, de los productores y de los trabajadores, de los pobres y de los ricos, de los Lorenzo Mendoza y de los pequeños industriales, de los campesinos, de los trabajadores de Sidor, de Pdvsa, de los maestros y de los estudiantes, de los chavistas y de los opositores, de la Fuerza Armada Nacional, de todos.
Este muerto pesa mucho. La verdad es que el gobierno no puede con esta crisis y la oposición tampoco. Nadie está preparado para enfrentar lo que viene si no cuenta con un amplio acuerdo nacional que le de sustento.

*Diputado a la AN

Mundo

Austeridad para el pobre y bonanza para las élites fue política ante bajos precios del crudo

Por Nazareth Balbás

No, no era aquel hit que hizo famoso a Sugar Hill Gang. Era una versión criolla hecha por el humorista Perucho Conde: “Yo quiero que se arregle mi mala situación/ pero el que arregla esto creo que está de vacación/ o se le está olvidando todo el montón/ de castillos y promesas antes de la votación”. A finales de los 70, La Cotorra Criolla retrataba en ritmo de rap el país que recibiría el copeyano Luis Herrera Campins, sucedido un lustro después por el adeco Jaime Lusinchi, para cerrar una década bipartidista marcada por el desvanecimiento de un espejismo: La Venezuela saudita.

“Me toca recibir una economía desajustada y con signos de desequilibrios estructurales y de presiones inflacionarias y especulativas, que han erosionado alarmantemente la capacidad adquisitiva de las clases medias y de los innumerables núcleos marginales del país. Recibo una Venezuela hipotecada”, diría Herrera Campins en su discurso de toma de posesión, el 12 de marzo de 1979.

Herrera Campins no estaba equivocado pero su gobierno agravó aún más la descalabrada economía del país, que aunque triplicó su ingreso por concepto de venta de petróleo durante el período en que detentó el poder, se endeudó tanto que el Banco Central de Venezuela (BCV) se declaró en impago en 1983.

El abismo fiscal creció exponencialmente de los 11.000 millones de deuda externa que recibió Herrera Campins, a 36.200 millones de dólares en 1984, pese a que el país había recibido gran caudal de ingreso por concepto de renta petrolera entre 1980 y 1981, cuando la guerra de Irak e Irán provocó que las cotizaciones del crudo se triplicaran y rompieran récord para ubicarse en 38 dólares por barril.

Esa bonanza petrolera había beneficiado a un pequeño sector que auspició la cultura del “ta’ barato, dame dos”, célebremente representada en el éxito musical del grupo Medioevo en 1982 con Laura, la “simpar de Caurimare”, que satirizaba el hablar “sifrino” de la clase media alta venezolana: “Cuando tomo vacaciones/ hago un tour por California/ Tokio, Londes, Madrid, Roma/ y termino en Islas Baleares/ mientras los turistas chimbos / llegan sólo a Ocumare / y otros a San Francisco/ pero de Yare”.

Pero fuera de la burbuja de los “sifrinos”, la verdad para la mayoría de los venezolanos es que en ese quinquenio, el índice promedio de miseria se mantuvo en 20%, de acuerdo a los datos del BCV, y las tasas de desempleo e inflación crecieron hasta ubicarse en 6,94% y 13,06%, respectivamente. “Durante esa etapa, el PIB per cápita de la economía registró un promedio en su tasa interanual de crecimiento de -5,9%”, refiere un trabajo del economista Raúl Crespo, publicado en 2011 en la revista Nueva Economía.

Pagan los pobres

El desengaño petrolero llegó en 1983. Después de inmensos caudales de ingresos por concepto de renta, la caída de 30% en los precios del crudo fue la excusa del Gobierno para justificar la liberación de precios y una abrupta devaluación que se aplicó mediante un control de cambio de tres bandas: una de 4,30 bolívares por dólar para bienes esenciales, otra de 6 bolívares por dólar para bienes no esenciales y una tercera, de libre flotación, desde un piso de 7 bolívares por divisa norteamericana.

Estas medidas se aplicaron sin que se lanzara salvavidas alguno para proteger el poder adquisitivo de las familias venezolanas. Por el contrario, implicó además la reducción de los subsidios para el sector alimentos.

El Régimen de Cambio Diferencial (Recadi) se aplicó hasta febrero de 1989 y fue el caldo de cultivo para la corrupción administrativa, que creció tanto como el índice de pobreza a finales de esa década. Generó la fuga de más de 20.000 millones de dólares.

La devaluación del bolívar en un 74%, la intervención del BCV y la suspensión del pago de 5.000 millones de dólares de deuda externa, estimada en 50.000 millones de dólares, fueron los primeros síntomas visibles de la comatosa economía.

El sueldo mínimo de 1.715 bolívares, que en 1980 equivalía a 401 dólares, pasó a 1.800 bolívares para 1983, pero correspondería a 180 dólares. En tres años el deterioro del poder adquisitivo fue de 55%.

En la cartilla neoliberal, la receta es clara, “reducir el déficit fiscal para contraer la demanda”, un norma que significa impedir que la gente pueda comprar para que el Estado “gaste menos” y cumpla el pago de la deuda. Terapia de shock, made in FMI.

La precariedad económica y el deterioro del nivel de vida de los venezolanos era solapado por los medios, ocupados en la actuación de Eluz Peraza en la telenovela Ángela del infierno o en la “polémica” prohibición de La otra mujer, protagonizada por Flor Núñez y Daniel Lugo. Sería la campaña electoral de ese año la que evidenciaría la crisis para provecho político de Acción Democrática (AD).

“No hay seguridad para nadie en la calle”, “el costo de la vida no lo aguanta nadie”, “no se consigue trabajo en ninguna parte”, “los jóvenes no queremos pasar de ser estudiantes a ser desempleados”, eran los testimonios usados por los adecos en contra del Copei para llevar a la presidencia a Jaime Lusinchi y ganarle la carrera a Rafael Caldera, a quien la tolda verde postulaba por quinta vez.

“Caramba, cierran la industria y prometen impulsarla, devalúan el bolívar, abandonan los hospitales, crece la delincuencia y Copei promete resolverlo. Los copeyanos son todos iguales y, además, son pavosos”, decía una mujer en la campaña electoral que finalmente favoreció al candidato adeco, que asumió el poder el 2 de febrero de 1984.

Ganan los ricos

Con la promesa de reactivar el país, revitalizar la economía y pagar la deuda, pero con una política social austera, Lusinchi inició su mandato, arrastrando el saldo “positivo” de un marketing político que lo mostraba como un hombre cercano: “Jaime es como tú”.

La prensa se encargó de mantener la popularidad del mandatario mostrándolo como un hombre afable, víctima de “las ansias de poder” de su secretaria privada y compañera extramarital, Blanca Ibáñez, y que estaba “obligado por las circunstancias” a tomar decisiones dolorosas en materia económica porque el precio del petróleo se desplomaba a mediados de su gobierno y el desbarajuste anterior no lo ayudaba. Lusinchi era una aparente brizna al viento llevada por algún sotavento empresarial.

“Tenía aquella fama que le hicieron los que dirigieron la estrategia comunicacional. Había un análisis de la sonrisa de Lusinchi y lo comparaban con la Mona Lisa, una sonrisa misteriosa: “el Presidente más bueno y más querido”, recordaría el Comandante Hugo Chávez en sus Cuentos del Arañero.

Los que aprovecharon, sí, el aparente carácter pusilánime del mandatario fueron los banqueros. Mientras los venezolanos padecían las devaluaciones consecutivas decretadas por el gobierno para “cubrir” el déficit fiscal y un alza de precios promedio de 30%, las arcas del Estado se vaciaron para pagar “el mejor refinanciamiento del mundo” prometido por los dueños de la banca.

El “refinanciamiento” consistía en que el Estado asumiera la deuda de los empresarios privados. Austeridad para el pueblo y generosidad con el capital ¿El resultado? La declaración histórica de Lusinchi: “La banca me engañó”.

El “engaño” le causó un grave daño a las reservas internacionales, que pasaron de 11.149 millones de dólares en 1983 a 6.607 millones en diciembre de 1988. El dólar, que se cotizaba en siete bolívares, al inicio del mandato de Lusinchi, pasó a costar Bs 38,63 al final de su mandato. La fluctuación de los precios del petróleo fue la justificación para mantener el régimen de cambio de Recadi, que sirvió para perpetrar graves lesiones al erario público.

El índice de miseria durante el gobierno de Lusinchi aumentó a 34%, es decir, 9,22 puntos porcentuales con respecto al último año de gobierno de Herrera Campins, pese a que las cifras oficiales hablaban de un leve descenso de las cifras de desempleo. La inflación, por su parte, registró un acumulado de 170% durante el quinquenio.

La asignación de dólares preferenciales a allegados del Gobierno y los turbios negocios de la controvertida pareja presidencial, terminaron por horadar las finanzas públicas, suficientemente lesionadas con una canasta petrolera que se desplomó de los 25,89 dólares el barril en 1985 a 12,82 dólares en 1986. Pero en los medios, la afable imagen de Jaime, permaneció incólume, tanto que le permitió a AD repetir en la silla presidencial y ser responsable, en 1989, de desatar el primer estallido social contra el neoliberalismo en la región: El Caracazo.

AVN

 

Indicadores sociales de peso y edad son mejores que en los años 90′ a pesar de la guerra económica

El déficit peso – edad de los venezolanas en situación de pobreza extrema era de 28,60% en 1996 y, 19 años después, es de 12,40%, lo que representa una disminución sostenida a pesar de la baja en los precios del petróleo y la situación de guerra económica y desestabilización, que mantienen sectores de la derecha a través del contrabando y la especulación con los precios de alimentos y productos de primera necesidad.

Los datos son resultado de la más reciente medición de la Fundación Centro de Estudios Sobre Crecimiento y Desarrollo de la Población Venezolana (Fundacredesa), presidida por Herick Goicoechea, quien en entrevista con AVN el pasado jueves, indicó que la cifra de niños que se encontraba en una talla normal para su edad era de 72,12% en 1996 y ahora es de 91,7%.

“Es decir, casi la totalidad de nuestros niños en condición de pobreza extrema, que al fin de cuenta son mucho más vulnerables a los cambios de las dinámicas en toda las sociedades, hoy se encuentran mucho más estables, mucho más saludables, mucho más sanos que en 1996”, señaló en alusión a los logros que mostró Venezuela durante la conferencia regional sobre desarrollo social realizada en Lima, Perú, del 2 al 4 de noviembre.

A grosso modo, comentó que en el año 96, cuando Rafael Caldera estaba en la Presidencia de la República, existía un déficit talla – edad de 29,37%, lo que indicaba que la gente medía menos de lo correspondiente a su edad.

“Hoy (2015) ese déficit se encuentra en un 7%, por lo tanto disminuyó del 29,37% al 7%. Hoy los venezolanos, a pesar de la compleja situación económica, tienen muchos mejores indicadores que en la década de los 90 y esto, sin lugar a dudas, es un punto para resaltar”, agregó.

Estos logros de la política social emprendida por la Revolución Bolivariana, resaltó, son reconocidos por la mayoría de los venezolanos y especialmente por estudiosos de las ciencias sociales, de la salud y centros de investigación.

Sin embargo, recalcó que Venezuela trabaja para llevar a cero el 4,5% de pobreza extrema por necesidades insatisfechas que persiste, cifra que en gobiernos de la cuarta República superó el 10,8%.

Para ello, en todo el país se construyen las Bases de Misiones de Socialistas, dirigidas a atender de manera integral a las 500.000 familias venezolanas que aun se encuentran en situación de pobreza extrema. Pero, además, el Estado venezolano continúa su amplia política social, puesto que éste ha sido el principal instrumento para reducir este tipo de pobreza.

Pueblo organizado

El éxito de esa política, que destina más de 60% del presupuesto nacional a la inversión social, tiene como protagonista al Poder Popular que se encarga de su propio control y seguimiento. No obstante, Goicoechea mencionó algunos retos en los que debe avanzar la política social durante 2016.

“El reto de hoy no es aumentar la participación popular que siempre es positiva, el reto hoy en la política social es construir una institucionalidad que esté a la par de la organización popular en estos momentos. Transformar el Estado venezolano en un aparato mucho más eficiente para que se ubique en el mismo nivel de eficiencia en el que están las organizaciones populares, que podamos avanzar a un ritmo acelerado”, manifestó.

Otro de los desafíos es construir una política social en concordancia con la política económica para que, en esa dirección, Venezuela logre aumentar su capacidad productiva.

Durante la entrevista, también resaltó que esta exitosa política es referencia en países de América Latina y señaló experiencias como la Misión Milagro, creada por los comandantes Hugo Chávez y Fidel Castro para llevar a toda América, El Caribe,  África y demás pueblos del mundo servicio médicos oftalmológicos gratuitos.

“Podemos decir con orgullo que Venezuela es un pilar en el desarrollo de toda la región latinoamericana”, expresó el presidente de esta fundación.

Resaltó que el país es después de Uruguay el segundo que se encuentra absolutamente libre de hambre. Por esta razón, en junio de este año la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por sus siglas en inglés) entregó un reconocimiento a Venezuela en el que las redes públicas de distribución de alimentos tienen especial significación por ofrecer posibilidades de acceso a productos básicos a la mayoría de los venezolanos.

El experto reflexionó sobre el contexto económico mundial y especialmente el latinoamericano y venezolano, donde los ingresos petroleros han disminuido casi 40%, situación que no ha parado la inversión, que se evidencia en el más reciente logro de más de tres millones de pensiones entregadas y las más de 850.000 familias que tienen su hogar gracias a la Gran Misión Vivienda Venezuela (GMVV).

Fundacredesa, institución creada en 1976, realiza estudios sociales en barrios, comunidades rurales y urbanas. Su principal criterio de investigación es el establecido por el Instituto Nacional de Estadística (INE) de necesidades básicas insatisfechas que abarca el estudio de áreas como hogares con niños de 7 a 12 años que no asisten a la escuela; hogares en hacinamiento crítico; hogares en viviendas inadecuadas; hogares en viviendas sin servicios básicos y hogares con alta dependencia económica.

AVN