Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Por Margarita Olivera*

En el día de ayer el flamante ministro de finanzas argentino, Prat Gay, anunció la liberalización del cepo cambiario, después que en la semana comunicaran la eliminación total (o parcial, en el caso de la soja) de las retenciones a las exportaciones. Entre euforias, y justificaciones, el gobierno y los medios amigos hablan de sinceramiento del precio del dólar, de la libertad de poder comprar legalmente todos los dólares que se deseen y de la supuesta NO devaluación que esto implicaría, dado que el tipo de cambio sería el mismo al que la mayoría accedía ayer (antes el dólar blue estaba a $15, ahora el oficial lo “alcanzarría”). Un par de aclaraciones que estimo vienen al caso:

Respecto a la unificación del tipo de cambio, existe diferencia entre tener un dólar oficial a $ 9.80 y blue a $ 15 y tener un dólar unificado a $14-15? Sí. Aunque hasta ayer los individuos de a pie (mercado minorista) no tuviésemos acceso al dólar oficial, eso no quiere decir que nadie lo tuviese, de hecho los productos se importaban y exportaban al dólar oficial (a $9,80). Entonces, la “unificación” del tipo de cambio es una devaluación de la moneda y no un sinceramiento de los precios. Todos los productos importados, sean los que consumimos, sean los que se utilizan para la producción local (maquinarias, insumos y sobre todo energéticos) ahora van a pasar a costar mucho más, porque va a aumentar su costo en moneda local. De $9.8 por dólar van a tener que pagar $14, 15 o 16 (según el precio al cual el banco central determine estabilizar el dólar, cosa que, bajo excusas absurdas, aun no han anunciado). Después de conocer el resultado del Ballotage, para cubrirse por los aumentos de costos que les generaría la certera devaluación que haría el Macrismo, los comerciantes empezaron a subir precios. Claramente esta conducta es altamente reprochable (sobre todo porque nada indica que ahora, con devaluación corriendo, no vuelvan a modificar precios alegando aumentos de costos). Sin embargo, es también llamativo que esta devaluación rememoró a la crónica de una muerte anunciada. Se trata de la devaluación más publicitada de la historia (inclusive durante el debate presidencial Macri remarcó que iba a terminar con la restricción a la compra de divisas y que para él, el dólar ya estaba a $15), estrategia que tal vez haya tenido como objetivo que el costo económico y político de los aumentos de precios los pagara el gobierno saliente. Pero volviendo a la cuestión  de la “unificación” del tipo de cambio, si bien a partir de hoy todos vamos a poder acceder a todos los dólares que queramos, al mismo precio (o similar) al que lo hacíamos hasta ayer en el mercado blue, con lo cual parecería que con cepo o sin cepo es lo mismo; para el importador, para el productor nacional que usa productos importados y, por ende, para el comerciante, la situación cambia y mucho. Sus costos van a subir y, dada la ausencia de políticas de control de precios (que hace años fueron convertidas en mala palabra por parte de los organismos internacionales y la globalización), los aumentos de costos se van a traducir en aumentos de precios finales. Entonces, no es lo mismo tener un mercado con tipos de cambio diferenciales y no tenerlo… y sí, esto sí es una megadevaluación que va a afectar fundamentalmente al bolsillo del trabajador y no un sinceramiento del valor del dólar.

Por otra parte, si a la devaluación le sumamos la eliminación de las retenciones a los productos agrícolas exportados, la escalada sobre los precios puede ser mucho peor. El principal motivo es que la retención sirve para contener los precios locales. Esto tiene que ver fundamentalmente con las características de los bienes exportables. Cuando un producto puede venderse en el exterior, o sea, en dólares, el exportador va a exigir en el mercado local el mismo precio que ganaría en el mercado internacional. Entonces, consideremos por ejemplo el caso del trigo, si con las retenciones por cada dólar que recibían por las ventas del grano en el exterior conseguían $7,64 (que es el valor que resulta de retener el 28% de las ventas por exportaciones de trigo con un tipo de cambio oficial de $9,8 por dólar), entonces pedirían un monto similar para vender el trigo en el mercado local (lo mismo con el resto de los cereales y la carne). Ahora que los exportadores no van a pagar más retenciones del 32% para el girasol, 20% para el maíz, 23% para el trigo, 15% para la carne y van a pagar 30 en lugar de 35% para la soja y, a su vez, el dólar que van a recibir por las ventas afuera lo van a poder cambiar por 14-15-16 pesos en el mercado de cambios local, entonces los efectos sobre los precios de los alimentos (y del resto de los productos que utilicen estos granos como insumo) van a ser mucho mayores, podrían hasta duplicarse.

Finalmente, muchas voces se levantaron en favor de las virtudes de la devaluación como una estrategia para mejorar la competitividad de las empresas nacionales. El argumento que utilizan es que de esta forma las empresas van a estar más protegidas de la competencia internacional (la devaluación hace que las importaciones cuesten más en pesos, generando ventajas para los productos nacionales). Estas ideas económicas, sin embargo, obviaron algunas cuestiones: 1) una parte importante de los insumos de los productos nacionales son importados (como algunos bienes intermedios y los productos energéticos), con lo cual la devaluación (como ya mencionamos al inicio) se traduciría en un aumento de costos para los productos industriales nacionales. 2) El otro costo, por el que se ganaría competitividad gracias a la devaluación, sería el salario. O sea, la devaluación haría más competitivos a los productos nacionales siempre y cuando no tengan componentes importados y los costos salariales no se ajusten. Entonces el que paga es el salario. Si los trabajadores empezaran a pedir aumento de salarios porque están aumentando los alimentos (en su mayoría exportables que van a aumentar a partir de la devaluación) y los bienes de consumo importados, entonces esa “pseudo” competitividad ganada se perdería. El sistema cierra si los trabajadores pagan el costo de la devaluación. Pero ahí no termina la cuestión, porque los productos nacionales industriales que son destinados al mercado doméstico y utilizan insumos y maquinarias importadas, no van a poder venderse si el poder de compra de los salarios cae, así que tampoco es a ese sector del capital a quien le sirve esta política económica. Esta política del gobierno de Macri, de eliminación de retenciones y megadevaluación sólo beneficia a unos pocos, las grandes exportadoras de granos y materias primas y los especuladores, que verían aumentar instantáneamente su rentabilidad, a costa de la pérdida de los salarios y de puestos de trabajo, cosa que aparentemente debemos festejar con alegría, globos y esperanza.

*Doctora en Economía y Profesora de Desarrollo Económico del Instituto de Economía de la Universidad Federal de Río de Janeiro (UFRJ), Brasil.